lunes, 24 de abril de 2017

Claroscuros.










Claroscuros.

Era una noche oscura del mes de enero, cerca ya de las once. Volvía en coche a casa después de salir de trabajar. Tenía la radio puesta aunque apenas le hacía caso. Solo era un ruido de fondo para poder soportar el silencio.
Casi no había gente por la calle. Era una noche especialmente desapacible. Mucho aire, ráfagas de nieve, frío. Cuando llegó a la rotonda, el semáforo se puso rojo; justo cuando llegó.
Frenó. Recostó su cabeza en el asiento. Durante unos segundos fue consciente de la música que sonaba en la radio. Una banda sonora, aunque no sabía cual era.
Por el retrovisor, vio unos faros que se acercaban. Un taxi paró detrás. Llevaba la luz verde de estar libre. Sorpresivamente y en un movimiento brusco, dio marcha atrás unos metros para tener espacio y sobrepasarle. “Irá con prisa”. A su altura, le hizo un gesto con el dedo índice y vio en sus labios una imprecación inesperada: “Hijo de Puta”. Y pasó el semáforo en rojo a toda prisa.
Observo ls calles que desembocaban en la rotonda. La verdad es que no había nadie. Pero el semáforo estaba rojo. ¿Y a qué venía lo del dedo índice? ¿Y lo del saludo? Miró otra vez el semáforo: seguía rojo.
El semáforo se puso verde. Ahora sí. Arrancó, despacio. Siguió conduciendo despacio, recostado en el asiento, escuchando la música de la radio. Unos metros adelante, al girar a la izquierda para tomar la c/ Santa Clara, sin pretenderlo, alcanzó al taxista que estaba parado en una esquina, quizás esperando. Frenó suavemente y se paró detrás. Lo más probable es que su intención fuera pedirle explicaciones de su gesto. “A lo mejor me he quedado adormilado unos segundos y se me ha pasado la secuencia”. Pero en su cabeza se repetía en bucle esa cara inyectada en odio gritando en silencio: ¡Hijo de Puta! Y con el dedo índice apuntando al cielo.
Tocó la ventanilla del taxista. Sonrió. Éste le puso cara de hastío. Tenía una mueca desagradable, como de asco. Arrugó la nariz como si percibiera un olor nauseabundo.
Hacía frío. Era una noche especialmente desagradable, en lo metereológico. Ráfagas de viento y nieve. Viento frío, muy frío.
Vio la tarjeta del taxi. El hombre se llamaba Víctor Izquierdo.
- ¡Buenas noches! - Saludó con mucha amabilidad el hombre, a la vez que se subía los cuellos del abrigo y se cerraba la bufanda.
El taxista arrugó los morros y emitió una especie de gruñido neardental. Quizás sería la influencia del Museo de la Evolución que estaba al lado.
El hombre se quedó observando. Poco a poco la expresión del taxista Victor Izquierdo fue cambiando de la hosquedad al terror. En medio, un momento de incredulidad. Supo lo que iba a pasar antes de que el hombre que estaba de pie junto a su coche, fuera consciente de ello.
Sacó un bolígrafo que llevaba en el bolsillo de la camisa y con un movimiento rápido y preciso, se lo clavó en la yugular.
El rostro del taxista mudó a una expresión de sorpresa. ¿Por qué? Parecía preguntar. Aunque a lo mejor era resignación ante lo inevitable.
Cogió un montón de pañuelos de la caja que llevaba el taxista en el salpicadero y presionó la herida. Sacó entonces el bolígrafo y lo guardó en una bolsa de plástico que había sacado del bolsillo del abrigo. Junto al bolígrafo reconvertido para la ocasión en escalpelo, guardó la tarjeta del taxista. Devolvió la bolsa al bolsillo del abrigo después de haberla cerrado con cuidado.
Dio al botón para que se cerrara la ventanilla. El taxista parecía mirarlo con ojos de sorpresa y con la boca abierta. Parecía mirarlo porque era ya una mirada carente de vida alguna. Hacía algunos minutos que el taxista Víctor Izquierdo había muerto.
Despacio, sin mirar a ningún lado, volvió a su coche. Se acomodó en el asiento del conductor, se desabrochó el abrigo, se puso el cinturón de seguridad y subió un par de puntos el volumen de la radio. Arrancó despacio y después de mirar por si venía alguien, se incorporó a la circulación.
Al sobrepasar al taxista, tuvo la impresión de ver un destello en uno de sus ojos. “El reflejo de alguna farola”, pensó.
Llegó a casa cuando su mujer salía de la habitación de los niños.
- Se acaban de dormir. ¿Qué tal el día, César? - preguntó a la vez que le daba un beso en la mejilla. - Pareces muy cansado.
- Bien, todo perfecto. - contestó devolviendo el beso a su mujer y acariciando su mejilla. - voy a dar un beso a los niños.
- Ten cuidado, no los despiertes. Esaban muy guerreros y no hacían más que preguntar por ti.
Entró de puntillas. Primero fue a la cama de Lorién. Lo observo durante unos segundos antes de agacharse y darle un beso en la mejilla. Estaba grande para los 6 años que tenía. Eran tan decidido, tan movido, y tan listo... Luego fue a la cama de Álex. El mayor. 8 años. Más tímido que su hermano, más observador, un poco más reservado. Casi ni lo rozó con sus labios. Álex había dormido muy mal desde que era un bebé. Si lo despertaba no conseguiría que se durmiera otra vez.
Fue al cuarto de estar. Cogió la llave que llevaba colgando del cuello y abrio un cajón. Estaba lleno de bolsas de plástico como la que iba a guardar ahora, la del taxista. En casi todas las bolsas había un bolígrado o un cuchillo normal, y en todas un documento de identidad. Cerró de nuevo el cajón y devolvió la llave a su cuello.
En la cocina, se acercó a su mujer por detrás y la besó detrás de la oreja. Ella sonrió complacida.
- No seas juguetón – dijo haciendo pucheros. - estás muy cansado. Deberias descansar.
- Para esto no estoy cansado – contestó César siguiendo el tono insinuante de su mujer.
Ella se separó de su abrazo y lo enfrentó rodeando su cuello con los brazos y dandole repetidos besos en los labios.
- A mí también me apetece. ¿Sabes? Hoy, en el trabajo, he soñado con hacer el amor contigo.
- ¡Ah! ¿sí? ¿Delante de tu jefe con sueños libidinosos?
- Bobo. Ha sido hablando con un cliente. Es plasta de cuidado. Pero yo he encontrado un pasatiempo... hummmmm. Si ese idiota hubiera sabido en lo que estaba pensando mientras él hablaba y hablaba... y bla, bla, bla, bla...
Se besaron y se abrazaron.
- ¿Cenamos primero? - dijo con voz sugerente.
- No sé yo – contestó dubitativo César.
Al final se sentaron a cenar antes.
- Tienes un poco de sangre ahí, en la cara.
- El grano ese, me ha explotado.
Su mujer se levantó y se sentó a horcajadas sobre sus piernas. Cogió una servilleta y la humedeció con su propia saliva.
- Mira que te lo avisé. No me dejaste explotártelo. Déjame que te limpie. Al menos no te ha manchado la camisa.
Y le pasó la servilleta por la mancha hasta eliminarla.
Siguieron cenando. Una cena trufada de besos, caricias y juegos. No tardaron mucho en ir a su habitación y hacer el amor, como casi todas las noches. Con delicadeza, con pasión, con mucho amor. Y ternura.



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