sábado, 23 de abril de 2016

Lo sabía.











Mauro se había quedado desencajado. Felipe, sentado enfrente de él en el “Tómate otra” no se atrevía a mirarlo.
- ¿Y cómo ha sido?
- Se puso en medio de la autovía. Iba borracho - contestó lacónico Felipe, sin levantar la vista.
Se quedaron en silencio. Mauro cogió con las dos manos su taza de café y pegó un trago. Intentó posarla en el platillo con una mano, pero el temblor irrefrenable de su brazo derecho, le aconsejaron volver a coger la taza con las dos manos.
- ¿Cuándo ha sido? - inquirió a Felipe sin atreverse a mirarlo.
- Hace algo más de un mes.
- ¿Más de un mes? Pero si... - iba a decir que lo había visto hacía un par se semanas, pero se dio cuenta que no era cierto. Que eso solo era una disculpa que se quería poner, una más. Hacía mucho tiempo que no lo veía, ni hablaba, ni sabía nada de Elías. - ¿Por qué no me lo has dicho antes? - ahora sí enfrentó la mirada de su amigo.
- Qué más da. Ya no podías hacer nada. - aunque la verdadera razón es que ninguno del grupo de amigos se atrevía a hacerlo.
Mauro quiso enfadarse con Felipe. Quiso sacar su ira, su desesperación y hacerlas descansar sobre los hombros de su amigo. Estuvo a punto de hacerlo, pero pensó que sería injusto con él.
- No podrías haber hecho nada, Mauro - le dijo suavemente Felipe, apretándole el brazo suavemente.
“¿No podía o no me vino bien?” “No tuve cojones”.
Mauro conocía bien a Elías y sabía que algo pasaba. Habían sido pareja no hacía tanto y una buena pareja, forjada casi desde la infancia. Pero esas cosas que no puedes controlar, el amor, la lujuria, la pasión, la atracción de lo nuevo o la monotonía de lo ya conocido, vete tú a saber qué, lanzaron a Elías en brazos de aquel tal Ovidio. Y desde ese momento, Elías cambió. Se apartó de todos, empezó a adelgazar, perdió la luz en sus ojos, la sonrisa en sus labios. Él decía “Estoy guay, Ovidio es un hacha, me quiere mucho”, pero... Mauro que siguió teniendo contacto con él varios meses, sabía que mentía. Pero todavía estaba dolido con él por dejarlo. Porque Mauro lo amaba con todo su alma. Y porque pensó que si decía algo, la gente creería que era por despecho. Pero lo sabía.
- Tenía marcas por todo el cuerpo. Parece que Ovidio le...
- ¿Para que me lo dices, Felipe? - estalló Mauro - ¿Para qué me dices eso? ¿Ahora? Recuerda que lo hablamos todos un día. Os lo avisé. Y os reísteis de mí. ¿Ahora me lo dices? ¿Ahora me dices que ese cabrón le pegaba día sí y día no? ¿Qué lo tenía cogido por los huevos? ¿Qué lo humillaba como el miserable que es?
- Cálmate Mauro. Estabas dolido entonces, lo amabas y pensamos...
- Vale. Pues pensasteis. Y ahora pensáis que es guay para mí que me coma los mocos cada noche pensando que no debía haberme callado, que debería haber hecho algo. Joder, tío, está muerto. ¡Iba borracho! Dices. ¡Iba borracho! Lo dices tan normal ¿Tan poco lo conocíais que no sabéis que no bebía nada, nada, nada? Nunca le ha gustado, ni cuando a causa de eso era el raro de toda la ciudad. “El único adolescente de 16 que bebe coca-cola estando de botellón”. Ese era Elías. Iba borracho, dices...
- Él parecía feliz - se disculpó Felipe.
- ¿Parecía? Pero de qué me hablas, Felipe. ¿Estabais ciegos? ¿No lo conocíais? No, no lo conocíais.
- Tú lo conocías mejor que nadie.
Mauro recapacitó durante unos segundos la última afirmación de Felipe.
- En eso tienes razón. - admitió pesaroso.
Mauro asentía con la cabeza, pausado, creciendo en intensidad. La culpa empezó a aprisionar sus pulmones haciéndole difícil respirar. Su corazón empezó a latir desbocado. Felipe lo miraba y empezaba a asustarse. Se levantó y se acercó a él agarrándole del hombro, intentando que se relajara. Pero Mauro se zafó del intento de consuelo y se levantó de un salto enfilando la puerta de la calle sin siquiera coger sus cosas.
Corrió un rato sin saber a donde. ¿Dónde podría esconderse de su culpa? “Lo sabía, lo sabía, lo sabía.” “Lo sentía y miré para otro lado”.
Llegó exhausto a la casa de los padres de Elías. No lo había previsto, pero acabó allí. Y mecánicamente se sentó en el banco en donde, desde niños, pasaban horas y horas hablando o jugando a la consola. O descansaban después de jugar un partido de fútbol con los del barrio o comentaban la película que acababan de ver en el cine. Allí fue su primer beso, sus confidencias, su amor, sus dudas, allí se dijeron todas esas cosas. Incluso allí se metieron mano, una noche con luna llena, a las tantas, después de la fiesta de cumpleaños de su amiga Desiré.



Se acurrucó en su esquina del banco y se hizo un ovillo, y lloró miantras sus entrañas se desgarraban en un dolor insoportable.

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