miércoles, 18 de marzo de 2015

Parado en el descansillo.


Modelo: Daniel Whittaker

Bernat bajaba despreocupado por las escaleras. Con su pantalón blanco y su camiseta blanca. Era verano y hacía calor. Era verano y estaba de vacaciones. Había vuelto hacía unos días de la Universidad. Todavía no se había habituado a su nueva situación. Los últimos meses habían sido muy intensos, con muchos exámenes y otros tantos trabajos para entregar. Estaba muy cansado.
Tampoco había ayudado que en esos meses había roto con su novio. Empezó a no sentirse bien a su lado justo con las Navidades. En San Valentín parecía que se arregló un poco: fueron a cenar los dos solos y después, tuvieron una noche pasional. El sexo era bueno con Lorién.
Pero eso duró poco, lo que duró el sexo. Luego... Bernat se dio cuenta de que no estaba a gusto con él. No era lo que quería para su pareja. No le daba lo que necesitaba, a parte de sexo.
Le costó pero rompió con él.
Y luego, aunque parezca contradictorio, le empezó a echar de menos.
Nunca había estado solo hasta ese momento. Y lo pasó mal. Le costó reanudad su vida, sus clases, sus relaciones con los amigos y compañeros. Y también tuvo que esforzarse en recuperar el contacto con sus padres, un poco deteriorado últimamente. Lorién era muy absorbente y … había dejado un poco de lado al resto de su mundo.
Era el primer día que salía de casa, desde que volvió de la Universidad. Los tres días anteriores se lo había pasado zascandileando por la casa. Su madre lo despertaba a media mañana, le preparaba el desayuno, le revolvía el pelo como hacía desde que era pequeño. Luego Bernat salía a la terraza y se tiraba en la tumbona. Cogía un libro, pero apenas leía durante diez minutos antes de volverse a quedar dormido.
La hora de comer, su madre que iba a trabajar. Su padre que volvía a las 8. Su padre no le revolvía el pelo. Se saludaban sin más.
Pensaba ir a dar una vuelta y ver como había cambiado la ciudad. Era una excusa, no llevaba tanto tiempo para que eso hubiera ocurrido. Pero a a veces era muy peliculero. Quizás luego llamaría a Julián y a Ana para tomar unas cervezas. Dudaba si llamar a Waldo. Tuvieron un rollo el verano anterior y acabaron un poco mal. Lorién se le pasó por la cabeza. Solo se le pasó. Seguía echándolo de menos.
Cuando llegó al segundo piso, se abrió la puerta del B. Se paró. Coincidió con que Bernat se dio cuenta de que había mucha algarabía en el portal. Y subía y bajaba mucha gente ese tramo de escaleras. Todos parecían policías o médicos de ambulancias. Unos policías con chalecos y cascos y unos rifles enormes con miras telescópicas salían en ese momento del B. Se pararon un segundo, como esperando a alguien. Ese alguien parecía que llegaba y reemprendieron la marcha. Fue entonces cuando reconoció a esa persona.
Se quedó blanco. Quieto. Sin habla. No pudo mostrar ninguna emoción porque todas desaparecieron de su rostro en un bluff de mago . Hasta se le olvidó respirar durante unos segundos.
Él iba con la mirada gacha, entre otros dos policías que lo flanqueaban. Iba esposado.
Los hombros de Bernat se hundieron sin fuerza. Su mirada se perdió al frente. Su padre lo miró un instante. No quiso o no pudo mantenerle la mirada. Seguía con los ojos fijos, hacia delante, sin pestañear.
Se acercó la del A. Acarició un momento su rostro y lo obligó a que recostara la cabeza en su hombro.
- Llora mi niño - susurró.
Matilde era una buena mujer que había cuidado de él muchas veces, cuando era pequeño. Ahí tuvo el primer estertor de llanto incontrolado. Tardó un par de minutos en convertirse en una catarata de llanto desconsolado.
No quería saber, aunque lo sabía. No quería saber de quién era la sangre que llevaba en la ropa su padre. Pero... lo sabía.
- Tu madre no hizo nunca nada de lo que tuviera que arrepentirse. Recuérdalo siempre, Bernat. No te dejes embaucar por nadie ni por nada. No escuches a los que intentarán culpar a la víctima.
Bernat levantó un segundo la cabeza y buscó los ojos de Matilde. Vio mucha rabia en ellos, mucha impotencia. Y decisión.
- Entra en casa, cariño – le ofreció.
Pero Bernat prefirió quedarse un rato más en la escalera. Mirando al frente, sin ver, ni sentir. Buscando algo a lo que agarrarse. Buscando un por qué. Y buscando alguna pista que le llevara a ver un posible futuro para él. El de su madre ya no existía. Salía ahora en una camilla, envuelta en una sábana atada. Y el de su padre, francamente, le daba igual.
También buscó dentro de él, alguna razón para no sentirse culpable. “Señor juez, yo no vi nada, no oí nada, no...” pero si vio, y oyó, aunque no hizo caso. O no quiso hacérselo. O no le dio importancia, total era como siempre recordaba, un poco más, un poco menos, no sabía. O todas son las disculpas que se puso antes o después, por justificar, por eso de seguir viviendo sin algo que te oprima el corazón permanentemente.
Como Matilde. También vio. Pero... ella quizás se refugiará en salvar a Bernat.
Los policías desaparecieron. La puerta del B se cerró y una señora le puso una cinta que decía “Juzgado”, y puso un sello de cera.
El silencio fue apropiándose del edificio.
Y Bernat seguía ahí, sin fuerzas, sin alma, sin vida. Solo. Incapaz de moverse. Vestido de blanco, para ir a pasear por la ciudad, y quién sabe, quedar con Waldo para tomar unas cervezas. O con Ana. O con Jaime. O solo.
- Ahora sí que estás solo, campeón. - murmuró entre dientes.
Tenía buen sexo con Lorién. Lorién. Lo echaba de menos. No sabía por qué, de repente, le había venido ese pensamiento. Era buen sexo, pero su ex le recordaba a su padre. Era algo intangible, pero... era así. Quizás por eso lo dejó, aunque no lo supo hasta ese momento, en el descansillo, en el 2º.


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