domingo, 24 de junio de 2012

Una buena mañana para correr (4).






Capítulo 4:

Fermín se despertó. Eran las 5 de la mañana.
Se levantó de la cama. No iba a poder dormir, lo sabía. Como todos los días.
Era domingo. Su segundo día de vacaciones.

 

Se levantó, pues, y se fue a la terraza.
Miró la calle. Era de noche. Y todavía faltarían un par de horas para amanecer. Sacó un nórdico… hacía frío. Se acurrucó dentro de él, y se sentó en una de las sillas. En la terraza.
Miraba la calle.
Miraba la gente que pasaba. Poca. Volviendo la mayoría de una noche de diversión, copas y baile. Algunos de sexo. Incluso de amor.
Buscaba lo de todas las noches, o las mañanas: Buscaba a Gervasio esperando a que saliera. O corriendo por los alrededores.
Pero era demasiado pronto para un domingo. En realidad era muy pronto para casi todos los días.
Dieron las siete.
Dieron las ocho.
Empezaba a amanecer.
Al final se levantó y se fue adentro. A pesar del edredón, se había quedado helado.
Se puso el chándal y se calzó sus deportivas.
Y salió a correr.



Corrió durante media hora a trote decidido, como si fuera un corredor habitual y entrenado. Pero no lo era. Paró unos instantes a recuperar el resuello doblado sobre sí mismo. Se apoyó en uno de los bancos que había en el parque en dónde había acabado. Iba poco a poco regularizando su respiración.
- Despacio Fermín, respira despacio – se lo decía en voz alta como si así fuera a hacerse caso a sí mismo.
Debería volver a un paso más lento. “A trote cochinero”. No estaba en forma. Quizás, si saliera a correr todos los días… Pero salir a correr por las mañanas no era algo natural en su forma de vida.
Venía un grupo de frente. Eran tres… no cuatro. Tres chicas y un chico. Le saludaron cuando pasaban por al lado. La solidaridad del corredor, pensó Fermín. No conocía a ninguno de ellos. Una de las chicas le sonrió.
Empezó a caminar. Pensó en ir adelantando camino. Hacía frío. Cuando se encontrara de nuevo con fuerzas, empezaría a trotar suavemente. “Trote cochinero”, se repetía mentalmente para concienciarse.
Otro corredor venía de frente. Éste no le saludó al pasar por su lado. Iba con sus cascos y a lo suyo.
Ya se había recuperado un poco… respiró profundo un par de veces y empezó a trotar suavemente.
- Trote cochinero – se dijo entre dientes.
Otro corredor.
Una chica.
Otro corredor.
Un chico.
Se fijó en él. Estaba lejos todavía. Algo le resultó familiar. Le empezó a subir la adrenalina. Pensó… creyó… que era Gervasio… Se puso en tensión… todo le… no podía controlar… El pecho le oprimía... hasta empezó a excitarse... El chico que venía iba con la cabeza gacha… ya estaban más cerca... el chico levantó la cabeza…
No… no era Gervasio... era Joan… Fermín… no tenía ganas de hablar con Joan… demasiado cerca para intentar evitarlo.
- ¡Hola! – saludó Joan, antes de que Fermín hubiera tenido tiempo de tomar alguna alternativa.
- ¡Hola! ¡Qué sorpresa!
- Me imagino que agradable – con un cierto tono irónico - No contestes… se te nota en la cara. Yo sigo corriendo, que pierdo el ritmo. Agur.
Y Fermín se quedó mirando como Joan seguía su camino.
Se giró y volvió a empezar su trote.
Al fin, llegó a casa.
Fue dejando su ropa por el pasillo hasta llegar a la ducha.



Se quedó parado sintiendo resbalar el agua por su piel. El agua bien caliente.
Diez minutos.
Quince.
Al final salió. Estaba todo arrugado y el cuarto de baño estaba lleno de vapor, el espejo empañado.
Se secó.
Se miró en el espejo. Apenas se veía nada. Pasó la toalla por él para desempañarlo. No le gustó nada lo que vio. Nunca había sido guapo. Ni su abuela le dijo nunca eso de que era el niño más guapo del mundo. Su abuela debió pensar que no debía engañar a los niños. Ni crearles expectativas que luego no se cumplieran. Nunca había sido guapo. Pero tampoco se consideraba feo, ni los demás lo hacían. Pero ahora además, pasaba factura las noches sin dormir. La tristeza. La falta de chispa en sus ojos.
Se puso el chándal con el que solía estar en casa. Fue recorriendo el pasillo recogiendo la ropa que había ido dejando tirada antes.
Se fue a la cocina… pero al pasar por el salón, se fijó que se había dejado el nórdico en la terraza. “Menos mal que no hacía viento”, pensó. Salió a cogerlo. Miró la calle… por si pasaba por allí, por si estaba apoyado en un coche esperando a que saliera, o a que se asomara, como aquella vez. Pero no. Solo pudo ver a Joan… que justo pasaba. Iba andando, haciendo ejercicios con los brazos... Tuvo un impulso…
- ¡Hey! ¡¡Joan!! Sube, te invito a un café.
Joan se quedó mirando. No parecía muy decidido. No acababa de entender a ese chico. Al final la curiosidad le empujó a cruzar la calle para aceptar la invitación de Fermín.
- 4º A – oyó que decía Fermín por el automático mientras abría la puerta del portal.
Subió y se encontró la puerta abierta.
Entró y la cerró.
- ¡Hola!
Se agachó para quitarse las zapas. Había estado corriendo un rato campo a través, y tenían algo de barro.
- ¿Dónde puedo dejar las deportivas? Tienen barro…
- Aquí en la cocina. ¿café?
- Con leche, please.
- Siéntate en el salón si quieres mientras se hace el café.
Joan le hizo caso y se fue al salón. Apartó un montón de revistas que había en una butaca, y se sentó.
- A lo mejor te apetece ducharte – gritó Fermín asomándose por la puerta de la cocina.
- No me importaría, pero no tengo ropa para cambiarme.
- Te dejo yo si quieres. Dúchate y te saco un calzoncillo y calcetines.
- No quiero...
- No es molestia.
- Pero...
- Ya me los devolverás. O no. A lo mejor te sirve como fetiche.
Joan se quedó mirándole como escrutando la expresión de Fermín para saber como tomarse esa frase.
- Perdona – dijo rápidamente Fermín – era coña.
- Bien – contestó Joan en tono neutro.
Joan se levantó de la butaca.
- Por el pasillo, la primera a la izquierda.
Salió Joan pues hacia el pasillo.
Se fue quitando la chaqueta del chándal.
Encendió la luz del baño.
- En el armario de debajo del lavabo tienes toallas.
Se quitó la camiseta.
- Hace calorcito en el baño.
- Me acabo de duchar – le contestó Fermín desde algún lugar de la casa.
Se agachó y cogió una toalla del armario.
Tiró de la goma del chándal, lo bajó un poco, y lo dejó caer.
Se lo sacó con los pies, sin agacharse.
Dejó caer también los calzoncillos.
Abrió la mampara de la ducha.
Dejó correr un poco el agua. Hasta que salió caliente.
Entró.
Cerró la mampara.
Graduó la temperatura.
Colgó la cebolla.
Dejó correr el agua moviéndose para que el agua le recorriera todo el cuerpo. Empezó a pasarse sus manos lentamente por su piel.


 Fermín entró con una muda y un chándal.
Se quedó mirando al trasluz la sombra del cuerpo de Joan.
Dejó la ropa en una silla.
Salió.
Desde fuera, antes de cerrar la puerta, se quedó mirando otra vez la silueta.
Volvió a entrar al cuarto de baño, decidido.
Se desnudó.
Abrió la mampara.
- ¿Qué haces?
Empujó a Joan para hacerse sitio en la bañera. Se pegó a él. Busco su boca con la suya mientras sus manos le sujetaba contra la pared.
Besó, besó...
Joan no le devolvía los besos, intentaba separarle.
Fermín insistió. Forcejearon, pero no con demasiada intensidad.
Joan dejó que su cuerpo tomara el mando y se rindió.
Se besaron. Ahora sí, los dos besaban.
Fermín recorrió con su boca de arriba a abajo el cuerpo de Joan.
Joan miraba al techo... cerraba los ojos... dejó su mente en blanco...
...
...
… y suspiraba.


1 comentario:

  1. Si no lo digo reviento... ¡Cómo me gustan las fotos!

    El Joan de esta historia me resulta a veces odioso.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar

Di algo, hombre. No te cortes.