viernes, 13 de enero de 2012

Miraba por la ventana...



Miraba por la ventana. Como todos los días. Esperaba…

Hacía calor. El aire acondicionado apenas lo mitigaba un poco.

Valen llegó de trabajar. Se quitó la ropa. Se metió en la ducha. Agua fría. Estuvo al menos media hora. Sin moverse. Dejando rodar el agua por su cuerpo. Dejando que se llevara todo lo que en ese día había impregnado su piel. Las malas caras. Los odios. Las prisas. Las envidias. La prepotencia. La rabia de no poder romper con las cadenas y dejar todo. Y dejar a todos.

Nadie había en su vida que le retuviera. Nada había que le atara a su ciudad, a su trabajo, a su casa. Sin darse cuenta, o dándosela, pero sin querer pararlo, se fue encerrando en si mismo. Los amigos se cansaron de llamar ellos. Su hermano solo llamaba cuando quería que le solucionara algún problema informático. A su padre no le soportaba.

Estaba en un momento en que todos le sobraban. No, no le sobraban. Pero ninguno lograba acercarse a él. Llegarle al corazón. Llegarle al alma. Rehuía el contacto con la gente. No soportaba las conversaciones intrascendentes. No quería conversaciones profundas, porque no soportaba la intransigencia, la radicalidad que encontraba en sus contertulios. Le hacía saltar, perder la compostura, o hundirse en la más profunda melancolía.

Al final decidió salir de debajo de la regadera. Se secó ligeramente. Se puso unos diesel nuevos, de los que le hacían sentirse guapo. Fue a la cocina, y abrió un Funciona Tropical. Bien frío. No tardó mucho en acabar con él.

Y se fue al salón.

Y se fue a la ventana.

Y empezó a mirar por ella... Esperando.

Esperando que llegue lo que le haga cambiar. O él que le haga cambiar. Podría salir a buscarlo, como alguna vez le habían dicho sus pocos amigos. Pero… no podía. Sus pies eran de cemento. Su espíritu de acero.

Miraba por la ventana. Esperando… esperando una razón para sonreír a la mañana siguiente.

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